En los viejos teatros, el arlequín era el último en pisar la escena — criado de traje remendado. Y sin embargo, tras la máscara, a nadie debía nada en su pensamiento. Aquí forjas la tuya.
Ni nombre, ni correo, ni dato alguno. No hay amo que te admita: entras por tu sola voluntad, entre iguales. Solo se sostienen tres cosas, y son inquebrantables.
Son la única raíz. Nadie más las forja, nadie más las guarda. Piérdelas y pierdes tu máscara; entrégalas y entregas tu libertad.
Escríbelas a mano, en un lugar que solo tú conozcas. El servidor jamás las ve.
Que las guardaste. Repite las palabras que faltan — nadie más puede hacerlo por ti.
De tu semilla se deriva tu identidad y tu cartera, aquí, en tu navegador. Pronto te la pondrás — y cruzarás a la villa, entre iguales.
Entrar a la villa (login firmado + tu rostro) se abre muy pronto.
Mientras la villa abre sus puertas, puedes sostener la red desde ya: un nodo cabe hasta en tu bolsillo, y cuando llegue el vínculo con tu máscara, además cobrarás por servicio honesto.